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La piel es el órgano más grande de nuestro cuerpo y actúa como la primera línea de defensa frente a una gran variedad de agentes externos. Además de llevar a cabo funciones vitales para nuestro organismo como la regulación de la temperatura, o evitar la pérdida de agua, también nos protege contra multitud de infecciones y elementos químicos. Dada su constante exposición ambiental, la piel se enfrenta a numerosos desafíos, especialmente durante los meses estivales.
Con la llegada del verano, la exposición solar se incrementa considerablemente, y con ella, el riesgo de sufrir daño por los rayos ultravioleta (UV). Este tipo de radiación puede provocar efectos nocivos como el fotoenvejecimiento, el cual no sólo afecta a la apariencia normal de nuestra piel, provocando manchas y arrugas, sino que también compromete su salud a nivel celular. Además, la exposición excesiva al sol sin protección adecuada, puede producir quemaduras solares y aumentar el riesgo de padecer cáncer de piel, incluyendo diferentes tipos de melanomas y carcinomas.1
Además del impacto directo del sol, nuestra piel enfrenta otra serie de patologías como dermatitis, psoriasis, alergias o acné, que pueden ser producidas por múltiples factores como la contaminación ambiental, el contacto con sustancias irritantes, el estrés oxidativo y los de procesos inflamatorios, entre otros.2 Estas afecciones dérmicas no solo perjudican la estética de las personas, sino que también pueden causar molestias significativas y afectar directamente a la calidad de vida de los individuos.
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